Hace algunas semanas cumplimos nuestro primer mes aquí. Fue un buen viernes, a pesar de la tromba de agua que nos cayó. Pero no quiero adelantarme, voy a seguir el curso natural de los acondecimientos.
Amaneció como casi cualquier otro día, un poco frío, pero nada fuera de lo normal. Por supuesto, no se me ocurrió mirar el tiempo que iba a hacer ni mucho menos, eso es de cobardes. Así que me fui tan tranquila al instituto, como cualquier otro día. Pues bien, hacia las diez de la mañana empezó a llover, y ya no paró. Como tenía clases hasta el mediodía, solo lo notaba entre clase y clase, cuando había que atravesar el patio corriendo y esquivando charcos, pero cuando salimos de literatura inglesa a la hora de la comida, con nuestro soneto de Shakespeare en la cabeza (alguien debería plantearse la posibilidad de estudiar a otro autor inglés, o al menos cambiarle el nombre a la asignatura por "Life and works of Shakespeare" o algo así), la cosa se había puesto peor. Había por lo menos cuatro dedos de agua en todo el patio, en algunos sitios más, y el agua caía literalmente a chorro. Una amiga y yo tuvimos la increíble suerte de habernos traído una chaqueta con capucha, así que no estábamos tan empapadas como deberíamos, pero luego se me ocurrió la brillante idea de atravesar el patio de punta a punta, sin la capucha. Probablemente Gibbs me hubiera dado una colleja, y creo que a mi amiga también le entraron ganas, porque en los veinte segundos que tardamos en llegar a la otra punta acabamos chorreando como si nos acabáramos de tirar a una piscina. Para colmo, cuando entramos al baño para secarnos el pelo en el secador, había una especie mutante de mosquito, tan grande como la palma de mi mano. Después de la comida le pregunté a uno de mi clase si era normal que cayera el diluvio universal, en Toulouse, y el muy gracioso me dijo que sí. Deberían prohibir hacer bromas de ese tipo, porque me quedé un rato bastante asustada. Una lluvia fina de vez en cuando es muy poético y queda muy bien, pero volver a casa con el aspecto de haber atravesado el atlántico a nado no tanto, aunque luego Odín se calmó, y no ha vuelto a llover tanto desde entonces.
Como era mi mesniversario en Francia, en casa estábamos de "celebración", así que cenamos pizza y unas patatas que eran lo más parecido al fuego valyrio que he probado nunca. Después de dos o tres, dejabas de distinguir lo dulce de lo salado, lo cual era un poco preocupante, pero la pizza estaba muy buena. No cantamos Joyeaux mesniversaire porque es una canción aún por inventar, pero lo pasamos bien. Además, me dieron una buena noticia que me animó bastante: a finales de octubre había unas estupendas vacaciones de dos semanas. Pero esto ya es otro capítulo.
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