Acabo de caer en la cuenta de que, en todo este tiempo, nunca se me había ocurrido hablar del comedor y la comida en el instituto, o si lo he hecho, solo de pasada.
Las clases de la mañana acaban a las doce o a las doce y media, y empiezan a la una o a la una y media, dependiendo de tu suerte. En ese sentido, tengo el mejor horario de todo el instituto, porque excepto el lunes, que empiezo a la una y media, el resto de los días tengo libre la hora de después de comer, así que puedo tardar el todo el tiempo que quiera. Como Francesca come en su casa casi siempre, las que acabamos cerrando el comedor casi siempre somos Elena y yo. De entre todos los horarios que nos resultan raros de los franceses (acabar el instituto a las seis, cenar a las ocho, etc) el de la comida es uno de los que peor llevamos. Bueno, ya lo llevamos mucho mejor porque por lo menos hemos empezado a tener hambre a la hora de la comida, un gran paso teniendo en cuenta que veníamos de comer todos los días a las tres, y el primer día no había quien pegara bocado a mediodía. El comedor es bastante grande, pero se queda enano en relación al número de alumnos del Saint Joseph, así que muchos días acabamos comiendo en el comedor de los niños del colegio, que empiezan antes. A la entrada siempre hay una cola espantosa, digna del Abismo del Parque de Atracciones (los franceses son más educados hasta que se ponen en una cola, entonces se desesperan y empujan y se cuelan igual que todo el mundo), y dentro hay otra igual para llegar donde están las bandejas. Para coger la bandeja tienes que pasar una "carte" con un código de barras, la misma que hay que pasar en el CDI, el foyer y el aula de estudio. Si tienes suerte la bandeja sale, y si no, te toca llamar al encargado, que siempre anda por ahí con una PDA milagrosa que lo soluciona todo. En mi caso tuve suerte, mi tarjeta funcionó a la parfección desde el primer día, pero hubo algunos problemas con las de algunas alumnas alemanas y españolas. Suerte que nuestras amigas francesas nos echan una mano siempre que hay complicaciones. Y si se te ha olvidado la carte, cosa que me pasó el primer día, cómo no, te toca esperar hasta la una y llamar al encargado de la PDA. Cuando ya tienes tu bandeja, pasas por la barra y vas cogiendo los platos, y por un momento todo parece una película americana, hasta que te das cuenta de que te has vuelto a olvidar las servilletas, que están al principio, y tienes que volver a empujones, lo que rompe un poco el efecto.
Una vez que consigues sentarte con tu bandeja el resto es fácil. La comida está buena, aunque los franceses comen a una velocidad que no creo que les de tiempo a disfrutarla, y lo mejor es que si no está demasiado buena, hay un bote enorme de mayonesa a tu disposición. Y la verdad es que todo está bueno con mayonesa. Durante la comida no suelen hablar mucho, y si lo hacen, no les impide seguir comiendo sin parar. Al principio puede parecer raro, pero teniendo en cuenta que a veces solo hay una hora y media para comer, y pasas una hora y cuarto en la cola, les acaban entendiendo. Y al lado de los franceses, que comen en diez minutos, está Elena, que come en unos cuarenta, más o menos, razón por la que siempre acabamos saliendo las últimas del comedor. E igual no tardaríamos tanto si no le gustara tanto hablar y los yogures, porque te dejan coger dos si quieres, y con la charla entre cucharada y cucharada, la comida se alarga otra media hora más. Normalmente los encargados son muy agobiantes, porque te empiezan a meter prisa a la una y veinte, incluso cuando les dices que no tienes clase después, pero después de unas semanas empiezan a conocerte y te dejan tranquila. Un día conseguimos un récord que hizo historia en el St. Joseph, saliendo del comedor casi a las dos menos diez. El que limpiaba las mesas fue muy simpático, y limpió todas las del comedor antes de echarnos, para darnos más tiempo.
Así que si algún día pasáis por Toulouse y se os ocurre visitar nuestro instituto, probablemente el sitio donde más se acuerden de nosotras (además de en el CDI, por la cantidad de veces que tienen que recordarnos que pasemos la carte) sea el comedor, como la española de la mayonesa y la del yogurt, o simplemente las españolas que siempre salían las últimas. También podéis buscar a uno de los cocineros, que es de Bilbao, con el que siempre hablamos cuando nos lo encontramos. Igual hasta nos echan de menos, ahora en vacaciones.
La próxima entrada será más seria, I promise. À bientôt.
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