"No longer mourn for me when I am dead
Than you shall hear the surly sullen bell
Give warning to the world that I am fled
From this vile world, with vilest worms to dwell.
Nay, if you read this line, remember not
The hand that writ it; for I love you so
That I in your sweet thoughts would be forgot
If thinking on me then should make you woe.
O, if, I say, you look upon this verse
When I perhaps compounded am with clay
Do not so much as my poor name rehearse
But let your love even with my life decay.
Lest the wise world should look into your moan
And mock you with me after I gone."
Y es que, aunque me quejo mucho porque se inventaba palabras y está en todas mis clases de literatura inglesa, en el fondo Shakespeare era genial. Y el soneto XVIII, aunque es un poco más empalagoso, también es precioso:
"Shall I compare thee to a summer's day..."
¿Tres meses de estancia en Toulouse pueden ser un simple trimestre más? Yo apostaría a que no, pero por aquí lo podremos comprobar. Cualquier parecido con la ficción es pura coincidencia... o tal vez no. Ante todo, seriedad y profesionalidad, ça veut dire, france before pants
miércoles, 30 de octubre de 2013
Los yogures de Elena haciendo historia en el Saint Joseph
Acabo de caer en la cuenta de que, en todo este tiempo, nunca se me había ocurrido hablar del comedor y la comida en el instituto, o si lo he hecho, solo de pasada.
Las clases de la mañana acaban a las doce o a las doce y media, y empiezan a la una o a la una y media, dependiendo de tu suerte. En ese sentido, tengo el mejor horario de todo el instituto, porque excepto el lunes, que empiezo a la una y media, el resto de los días tengo libre la hora de después de comer, así que puedo tardar el todo el tiempo que quiera. Como Francesca come en su casa casi siempre, las que acabamos cerrando el comedor casi siempre somos Elena y yo. De entre todos los horarios que nos resultan raros de los franceses (acabar el instituto a las seis, cenar a las ocho, etc) el de la comida es uno de los que peor llevamos. Bueno, ya lo llevamos mucho mejor porque por lo menos hemos empezado a tener hambre a la hora de la comida, un gran paso teniendo en cuenta que veníamos de comer todos los días a las tres, y el primer día no había quien pegara bocado a mediodía. El comedor es bastante grande, pero se queda enano en relación al número de alumnos del Saint Joseph, así que muchos días acabamos comiendo en el comedor de los niños del colegio, que empiezan antes. A la entrada siempre hay una cola espantosa, digna del Abismo del Parque de Atracciones (los franceses son más educados hasta que se ponen en una cola, entonces se desesperan y empujan y se cuelan igual que todo el mundo), y dentro hay otra igual para llegar donde están las bandejas. Para coger la bandeja tienes que pasar una "carte" con un código de barras, la misma que hay que pasar en el CDI, el foyer y el aula de estudio. Si tienes suerte la bandeja sale, y si no, te toca llamar al encargado, que siempre anda por ahí con una PDA milagrosa que lo soluciona todo. En mi caso tuve suerte, mi tarjeta funcionó a la parfección desde el primer día, pero hubo algunos problemas con las de algunas alumnas alemanas y españolas. Suerte que nuestras amigas francesas nos echan una mano siempre que hay complicaciones. Y si se te ha olvidado la carte, cosa que me pasó el primer día, cómo no, te toca esperar hasta la una y llamar al encargado de la PDA. Cuando ya tienes tu bandeja, pasas por la barra y vas cogiendo los platos, y por un momento todo parece una película americana, hasta que te das cuenta de que te has vuelto a olvidar las servilletas, que están al principio, y tienes que volver a empujones, lo que rompe un poco el efecto.
Una vez que consigues sentarte con tu bandeja el resto es fácil. La comida está buena, aunque los franceses comen a una velocidad que no creo que les de tiempo a disfrutarla, y lo mejor es que si no está demasiado buena, hay un bote enorme de mayonesa a tu disposición. Y la verdad es que todo está bueno con mayonesa. Durante la comida no suelen hablar mucho, y si lo hacen, no les impide seguir comiendo sin parar. Al principio puede parecer raro, pero teniendo en cuenta que a veces solo hay una hora y media para comer, y pasas una hora y cuarto en la cola, les acaban entendiendo. Y al lado de los franceses, que comen en diez minutos, está Elena, que come en unos cuarenta, más o menos, razón por la que siempre acabamos saliendo las últimas del comedor. E igual no tardaríamos tanto si no le gustara tanto hablar y los yogures, porque te dejan coger dos si quieres, y con la charla entre cucharada y cucharada, la comida se alarga otra media hora más. Normalmente los encargados son muy agobiantes, porque te empiezan a meter prisa a la una y veinte, incluso cuando les dices que no tienes clase después, pero después de unas semanas empiezan a conocerte y te dejan tranquila. Un día conseguimos un récord que hizo historia en el St. Joseph, saliendo del comedor casi a las dos menos diez. El que limpiaba las mesas fue muy simpático, y limpió todas las del comedor antes de echarnos, para darnos más tiempo.
Así que si algún día pasáis por Toulouse y se os ocurre visitar nuestro instituto, probablemente el sitio donde más se acuerden de nosotras (además de en el CDI, por la cantidad de veces que tienen que recordarnos que pasemos la carte) sea el comedor, como la española de la mayonesa y la del yogurt, o simplemente las españolas que siempre salían las últimas. También podéis buscar a uno de los cocineros, que es de Bilbao, con el que siempre hablamos cuando nos lo encontramos. Igual hasta nos echan de menos, ahora en vacaciones.
La próxima entrada será más seria, I promise. À bientôt.
Las clases de la mañana acaban a las doce o a las doce y media, y empiezan a la una o a la una y media, dependiendo de tu suerte. En ese sentido, tengo el mejor horario de todo el instituto, porque excepto el lunes, que empiezo a la una y media, el resto de los días tengo libre la hora de después de comer, así que puedo tardar el todo el tiempo que quiera. Como Francesca come en su casa casi siempre, las que acabamos cerrando el comedor casi siempre somos Elena y yo. De entre todos los horarios que nos resultan raros de los franceses (acabar el instituto a las seis, cenar a las ocho, etc) el de la comida es uno de los que peor llevamos. Bueno, ya lo llevamos mucho mejor porque por lo menos hemos empezado a tener hambre a la hora de la comida, un gran paso teniendo en cuenta que veníamos de comer todos los días a las tres, y el primer día no había quien pegara bocado a mediodía. El comedor es bastante grande, pero se queda enano en relación al número de alumnos del Saint Joseph, así que muchos días acabamos comiendo en el comedor de los niños del colegio, que empiezan antes. A la entrada siempre hay una cola espantosa, digna del Abismo del Parque de Atracciones (los franceses son más educados hasta que se ponen en una cola, entonces se desesperan y empujan y se cuelan igual que todo el mundo), y dentro hay otra igual para llegar donde están las bandejas. Para coger la bandeja tienes que pasar una "carte" con un código de barras, la misma que hay que pasar en el CDI, el foyer y el aula de estudio. Si tienes suerte la bandeja sale, y si no, te toca llamar al encargado, que siempre anda por ahí con una PDA milagrosa que lo soluciona todo. En mi caso tuve suerte, mi tarjeta funcionó a la parfección desde el primer día, pero hubo algunos problemas con las de algunas alumnas alemanas y españolas. Suerte que nuestras amigas francesas nos echan una mano siempre que hay complicaciones. Y si se te ha olvidado la carte, cosa que me pasó el primer día, cómo no, te toca esperar hasta la una y llamar al encargado de la PDA. Cuando ya tienes tu bandeja, pasas por la barra y vas cogiendo los platos, y por un momento todo parece una película americana, hasta que te das cuenta de que te has vuelto a olvidar las servilletas, que están al principio, y tienes que volver a empujones, lo que rompe un poco el efecto.
Una vez que consigues sentarte con tu bandeja el resto es fácil. La comida está buena, aunque los franceses comen a una velocidad que no creo que les de tiempo a disfrutarla, y lo mejor es que si no está demasiado buena, hay un bote enorme de mayonesa a tu disposición. Y la verdad es que todo está bueno con mayonesa. Durante la comida no suelen hablar mucho, y si lo hacen, no les impide seguir comiendo sin parar. Al principio puede parecer raro, pero teniendo en cuenta que a veces solo hay una hora y media para comer, y pasas una hora y cuarto en la cola, les acaban entendiendo. Y al lado de los franceses, que comen en diez minutos, está Elena, que come en unos cuarenta, más o menos, razón por la que siempre acabamos saliendo las últimas del comedor. E igual no tardaríamos tanto si no le gustara tanto hablar y los yogures, porque te dejan coger dos si quieres, y con la charla entre cucharada y cucharada, la comida se alarga otra media hora más. Normalmente los encargados son muy agobiantes, porque te empiezan a meter prisa a la una y veinte, incluso cuando les dices que no tienes clase después, pero después de unas semanas empiezan a conocerte y te dejan tranquila. Un día conseguimos un récord que hizo historia en el St. Joseph, saliendo del comedor casi a las dos menos diez. El que limpiaba las mesas fue muy simpático, y limpió todas las del comedor antes de echarnos, para darnos más tiempo.
Así que si algún día pasáis por Toulouse y se os ocurre visitar nuestro instituto, probablemente el sitio donde más se acuerden de nosotras (además de en el CDI, por la cantidad de veces que tienen que recordarnos que pasemos la carte) sea el comedor, como la española de la mayonesa y la del yogurt, o simplemente las españolas que siempre salían las últimas. También podéis buscar a uno de los cocineros, que es de Bilbao, con el que siempre hablamos cuando nos lo encontramos. Igual hasta nos echan de menos, ahora en vacaciones.
La próxima entrada será más seria, I promise. À bientôt.
Mesniversario pasado por agua
Hace algunas semanas cumplimos nuestro primer mes aquí. Fue un buen viernes, a pesar de la tromba de agua que nos cayó. Pero no quiero adelantarme, voy a seguir el curso natural de los acondecimientos.
Amaneció como casi cualquier otro día, un poco frío, pero nada fuera de lo normal. Por supuesto, no se me ocurrió mirar el tiempo que iba a hacer ni mucho menos, eso es de cobardes. Así que me fui tan tranquila al instituto, como cualquier otro día. Pues bien, hacia las diez de la mañana empezó a llover, y ya no paró. Como tenía clases hasta el mediodía, solo lo notaba entre clase y clase, cuando había que atravesar el patio corriendo y esquivando charcos, pero cuando salimos de literatura inglesa a la hora de la comida, con nuestro soneto de Shakespeare en la cabeza (alguien debería plantearse la posibilidad de estudiar a otro autor inglés, o al menos cambiarle el nombre a la asignatura por "Life and works of Shakespeare" o algo así), la cosa se había puesto peor. Había por lo menos cuatro dedos de agua en todo el patio, en algunos sitios más, y el agua caía literalmente a chorro. Una amiga y yo tuvimos la increíble suerte de habernos traído una chaqueta con capucha, así que no estábamos tan empapadas como deberíamos, pero luego se me ocurrió la brillante idea de atravesar el patio de punta a punta, sin la capucha. Probablemente Gibbs me hubiera dado una colleja, y creo que a mi amiga también le entraron ganas, porque en los veinte segundos que tardamos en llegar a la otra punta acabamos chorreando como si nos acabáramos de tirar a una piscina. Para colmo, cuando entramos al baño para secarnos el pelo en el secador, había una especie mutante de mosquito, tan grande como la palma de mi mano. Después de la comida le pregunté a uno de mi clase si era normal que cayera el diluvio universal, en Toulouse, y el muy gracioso me dijo que sí. Deberían prohibir hacer bromas de ese tipo, porque me quedé un rato bastante asustada. Una lluvia fina de vez en cuando es muy poético y queda muy bien, pero volver a casa con el aspecto de haber atravesado el atlántico a nado no tanto, aunque luego Odín se calmó, y no ha vuelto a llover tanto desde entonces.
Como era mi mesniversario en Francia, en casa estábamos de "celebración", así que cenamos pizza y unas patatas que eran lo más parecido al fuego valyrio que he probado nunca. Después de dos o tres, dejabas de distinguir lo dulce de lo salado, lo cual era un poco preocupante, pero la pizza estaba muy buena. No cantamos Joyeaux mesniversaire porque es una canción aún por inventar, pero lo pasamos bien. Además, me dieron una buena noticia que me animó bastante: a finales de octubre había unas estupendas vacaciones de dos semanas. Pero esto ya es otro capítulo.
Amaneció como casi cualquier otro día, un poco frío, pero nada fuera de lo normal. Por supuesto, no se me ocurrió mirar el tiempo que iba a hacer ni mucho menos, eso es de cobardes. Así que me fui tan tranquila al instituto, como cualquier otro día. Pues bien, hacia las diez de la mañana empezó a llover, y ya no paró. Como tenía clases hasta el mediodía, solo lo notaba entre clase y clase, cuando había que atravesar el patio corriendo y esquivando charcos, pero cuando salimos de literatura inglesa a la hora de la comida, con nuestro soneto de Shakespeare en la cabeza (alguien debería plantearse la posibilidad de estudiar a otro autor inglés, o al menos cambiarle el nombre a la asignatura por "Life and works of Shakespeare" o algo así), la cosa se había puesto peor. Había por lo menos cuatro dedos de agua en todo el patio, en algunos sitios más, y el agua caía literalmente a chorro. Una amiga y yo tuvimos la increíble suerte de habernos traído una chaqueta con capucha, así que no estábamos tan empapadas como deberíamos, pero luego se me ocurrió la brillante idea de atravesar el patio de punta a punta, sin la capucha. Probablemente Gibbs me hubiera dado una colleja, y creo que a mi amiga también le entraron ganas, porque en los veinte segundos que tardamos en llegar a la otra punta acabamos chorreando como si nos acabáramos de tirar a una piscina. Para colmo, cuando entramos al baño para secarnos el pelo en el secador, había una especie mutante de mosquito, tan grande como la palma de mi mano. Después de la comida le pregunté a uno de mi clase si era normal que cayera el diluvio universal, en Toulouse, y el muy gracioso me dijo que sí. Deberían prohibir hacer bromas de ese tipo, porque me quedé un rato bastante asustada. Una lluvia fina de vez en cuando es muy poético y queda muy bien, pero volver a casa con el aspecto de haber atravesado el atlántico a nado no tanto, aunque luego Odín se calmó, y no ha vuelto a llover tanto desde entonces.
Como era mi mesniversario en Francia, en casa estábamos de "celebración", así que cenamos pizza y unas patatas que eran lo más parecido al fuego valyrio que he probado nunca. Después de dos o tres, dejabas de distinguir lo dulce de lo salado, lo cual era un poco preocupante, pero la pizza estaba muy buena. No cantamos Joyeaux mesniversaire porque es una canción aún por inventar, pero lo pasamos bien. Además, me dieron una buena noticia que me animó bastante: a finales de octubre había unas estupendas vacaciones de dos semanas. Pero esto ya es otro capítulo.
Cogito ergo sum... o eso dicen
Esta y otras frases útiles vamos aprendiendo en clase de latín. Aunque parezca una locura, porque es probablemente la clase en la que estoy más perdida, me gusta. Es raro, hace un año tenía muy claro que mi futuro estaba en la biología, y ahora mismo no me lo imagino sin literatura o historia. Lo que pueden cambiar las cosas en meses, a veces, incluso en semanas.
El instituto ha dejado de ser un laberinto enorme y complicado. Bueno, sigue siendo grande, pero ya no nos perdemos con tanta frecuencia. Además, como ya conocemos a la gente, muchas veces en lugar de buscar el aula por tu cuenta, puedes seguir a los de tu clase. Una vez que los conoces mejor, te das cuenta de que aunque no sean muy abiertos, sí son muy simpáticos, o por lo menos la gran mayoría de ellos. Y a veces, cuando tienes un mal día, una palabra amable y una sonrisa ayudan mucho.
El frío no acaba de llegar a Toulouse. En realidad, cada día hace una temperatura diferente, como si la escogieran al azar, y muchas veces te equivocas al coger más o menos ropa de abrigo de la que hace falta. Un día te pones el abrigo y al día siguiente vas en manga corta. Bueno, eso me pasa a mí porque siempre se me olvida mirar el tiempo que va a hacer, los franceses parecen tener un instinto natural y nunca se equivocan. Si no llego a noviembre con un resfriado, es que he tenido mucha suerte.
En cuanto a los fines de semana, siempre son un alivio. Puede que las clases vayan mejor, pero sigo sin acostumbrarme a salir todos los días a las cinco y media, y aún más teniendo en cuenta que cenamos a las ocho. Los fines de semana salimos a veces por el centro o a un centro comercial, o vamos a cenar a un restaurante con amigos de la familia. Hace un par de semanas, salimos un domingo a dar una vuelta en bicicleta. El carril-bici recorre el canal de Midi, así que las vistas son realmente buenas. A lo largo de casi todo el canal, te vas encontrando un montón de barcos. Según me explicó mi familia francesa, son como apartamentos en los que vive la gente. Sinceramente, no creo que pudiera estar mucho tiempo en un barco, ni mucho menos vivir dentro, pero para gustos, los colores. El paseo estuvo genial; echaba mucho de menos la bici, aunque fui dando el espectáculo con un casco rosa de florecitas por todo Toulouse. Aunque ahora hace más frío, espero que lo podamos repetir algún día.
À bientôt, mes petits lecteurs, et carpe diem.
El instituto ha dejado de ser un laberinto enorme y complicado. Bueno, sigue siendo grande, pero ya no nos perdemos con tanta frecuencia. Además, como ya conocemos a la gente, muchas veces en lugar de buscar el aula por tu cuenta, puedes seguir a los de tu clase. Una vez que los conoces mejor, te das cuenta de que aunque no sean muy abiertos, sí son muy simpáticos, o por lo menos la gran mayoría de ellos. Y a veces, cuando tienes un mal día, una palabra amable y una sonrisa ayudan mucho.
El frío no acaba de llegar a Toulouse. En realidad, cada día hace una temperatura diferente, como si la escogieran al azar, y muchas veces te equivocas al coger más o menos ropa de abrigo de la que hace falta. Un día te pones el abrigo y al día siguiente vas en manga corta. Bueno, eso me pasa a mí porque siempre se me olvida mirar el tiempo que va a hacer, los franceses parecen tener un instinto natural y nunca se equivocan. Si no llego a noviembre con un resfriado, es que he tenido mucha suerte.
En cuanto a los fines de semana, siempre son un alivio. Puede que las clases vayan mejor, pero sigo sin acostumbrarme a salir todos los días a las cinco y media, y aún más teniendo en cuenta que cenamos a las ocho. Los fines de semana salimos a veces por el centro o a un centro comercial, o vamos a cenar a un restaurante con amigos de la familia. Hace un par de semanas, salimos un domingo a dar una vuelta en bicicleta. El carril-bici recorre el canal de Midi, así que las vistas son realmente buenas. A lo largo de casi todo el canal, te vas encontrando un montón de barcos. Según me explicó mi familia francesa, son como apartamentos en los que vive la gente. Sinceramente, no creo que pudiera estar mucho tiempo en un barco, ni mucho menos vivir dentro, pero para gustos, los colores. El paseo estuvo genial; echaba mucho de menos la bici, aunque fui dando el espectáculo con un casco rosa de florecitas por todo Toulouse. Aunque ahora hace más frío, espero que lo podamos repetir algún día.
À bientôt, mes petits lecteurs, et carpe diem.
He vuelto, y esta vez para quedarme
O eso espero. Creo recordar que esas eran mis intenciones, la última vez que me senté delante del ordenador y abrí el blog, pero algo salió mal, así que lo volveré a intentar. Se supone que tengo que escribir de vez en cuando, y no todo de golpe, pero bueno, aquí las cosas no suelen ser como se supone que tendrían que ser.
Aunque no lo parezca por la introducción (igual me he pasado) estoy de mucho mejor humor. Una vez que te acostumbras a sus peculiaridades, los franceses son gente muy agradable, y en general no intentan complicarte las cosas. Por supuesto, toda regla tiene excepción, pero una de las cosas más importantes que he aprendido estas semanas (wow, ya casi dos meses) es que juzgar a un grupo de personas por lo que hagan uno o dos es un error. Y uno bien grande.
Para no enrollarme mucho, solo diré que vamos a poner en marcha el DeLorean y a remontarnos a hace unas pocas semanas, no muchas. Más o menos, poco después de volver de Bordeaux.
Aunque no lo parezca por la introducción (igual me he pasado) estoy de mucho mejor humor. Una vez que te acostumbras a sus peculiaridades, los franceses son gente muy agradable, y en general no intentan complicarte las cosas. Por supuesto, toda regla tiene excepción, pero una de las cosas más importantes que he aprendido estas semanas (wow, ya casi dos meses) es que juzgar a un grupo de personas por lo que hagan uno o dos es un error. Y uno bien grande.
Para no enrollarme mucho, solo diré que vamos a poner en marcha el DeLorean y a remontarnos a hace unas pocas semanas, no muchas. Más o menos, poco después de volver de Bordeaux.
lunes, 14 de octubre de 2013
Invasión española-italiana y muchos recuerdos
Bueno, también había un par de holandesas, y una turca y algún norteño más, pero éramos casi todo españoles e italianos. Qué originales somos eligiendo destino para estudiar en el extranjero. Pero bueno, no me quejo, cuantos más sureños con ganas de fiesta, mejor.
Bordeaux, bonita ciudad, con una bonita estación, llena de gente bastante agradable. El 23 de septiembre nos dirigíamos allí las tres españolas y todos los demás estudiantes del Comenius que estamos en Francia. Teníamos que coger un tren a las once de la mañana, y yo pensaba, Bordeaux no está tan lejos de Toulouse, lo malo sería estar por Lyon, París o esas zonas del norte, que serían un montón de horas. Pero, una vez que llegamos y empezamos a preguntar en qué lugar de Francia estaban los demás, nos asombramos al descubrir que éramos de las que vivían más lejos, y es que al final tardamos casi cuatro horas en llegar (había que coger dos trenes, y teníamos una hora entre uno y otro para comer, pero aún así tuvimos tiempo de sobra para aburrirnos. Menos mal que Elena y Ken Follet me amenizaron viaje).
El segundo tren, el que nos llevaba de Bordeaux a Arcachon, iba tan lleno como la línea 1 en hora punta, así que nosotras, que debemos de haber sido bendecidas con un don celestial, nos tuvimos que quedar de pie todo el viaje. Detrás había dos chicas sentadas que estaban hablando español, y nos empezamos a preguntar si no sería demasiada casualidad que tuvieran nuestra edad, hablaran español y estuvieran en el mismo tren y con la misma dirección que nosotras. Acertamos, claro, no había mucho margen de error. Las cuatro españolas desconocidas del tren se convirtieron durante la hora siguiente en nuestras cuatro primeras nuevas amigas. Y no es por nada pero ya se echaba un poco de menos la sociabilidad española, así que fue como un soplo de aire fresco en verano. Gracias, alicantinas, por ser tan geniales.
El caso es que un par de horas después, por fin llegamos a nuestro verdadero destino, que no era Bordeaux, como creíamos al principio, ni Arcachon, como pensamos cuando vimos los billetes, sino un sitio cerca de un pequeño pueblecito, que a su vez estaba cerca de Arcachon. La habitación la compartíamos las tres mostoleñas, y estábamos a menos de un minuto de... Tachán!! Aunque con la marea baja estaba a tomar vientos, ahí teníamos la playa. Sí señores, todo el mundo con sus bañadores y sus toallas y nosotras con nuestra cara de sorpresa (en nuestra defensa, solo puedo decir que no nos avisaron, y no se nos ocurrió). Bueno, ahora tendría que hacer una lista de las cosas que nos olvidamos (imaginárosla, teniendo en cuenta todo lo que me dejé al venir a Francia), pero no me voy a dejar más en ridículo. Prometo escribir algún día un libro con todos mis despistes y olvidos, seguro que me salen más de mil páginas.
Volviendo a nuestro lunes famoso, poco después de dejar las maletas, pasamos por el centro de mando (eh... la sala de reuniones, pero suena menos profesional) donde nos dividieron por grupos, de forma que hubiera varias nacionalidades en un cada grupo. En mi grupo estábamos cuatro españoles y tres italianos, pero había otros también más variados (y ole el pareado), todos majísmos, y a los que me alegro mucho de haber conocido. Nuestro monitor también era muy simpático y agradable, y ha sido una de las pocas personas que además de interesarse por los estudios, el conocimiento del idioma, etc, también se interesara por cómo estábamos anímicamente, y nos animó mucho. Todas las actividades que hicimos me encantaron, porque no solo eran entretenidas, sino además bastante instructivas. Cuando, dos días después, volvimos a Toulouse, estaba más alegre y optimista que nunca. Así que un agradecimiento especial a todos por esos tres días.
En cuanto a los detalles, no tienen mucho misterio. Amigos, bromas, pocas ganas de dormir por las noches... los españoles dando la nota, como siempre, pero era de esperar. El segundo día nos dividieron en tres grupos para hacer actividades, y aunque al principio yo quería bicicleta, al final me pusieron en el de la visita a la "dune du Pilat", y estoy enormemente agradecida por ello. Imaginaros un bosque, la playa, y en medio una gigantesca duna de arena. Y cuando digo gigantesca, estoy diciendo muy muy grande. Había escaleras, pero un grupo de siete o ocho, muy valientes nosotros, decidimos que no era para tanto, y la subimos por la arena. Y cuando estábamos a la mitad y no podíamos dar un paso nos arrepentimos, pero muy poco, porque las vistas eran excelentes en cualquier punto de la duna, y los que tenían cámara pudieron llenar la memoria. Cuando llegamos por fin arriba, aún nos quedaba mucho tiempo, así que bajamos a la playa.
Tal vez sea una paranoia mía (de momento nadie me lo ha confirmado, así que es muy posible) pero estoy segura de haber oído hablar de esta duna en clase de francés, hace años. Me acuerdo porque cuando lo oí lo primero que pensé fue que sería genial bajarla rodando, en la más pura definición de "huir haciendo la croqueta". No era exactamente un sueño, pero lo pude cumplir de todas formas. Y mereció muchísimo la pena. Por supuesto, las cuatro que lo hicimos, al levantarnos no éramos capaces de dar un paso del mareo, y nos llenamos literalmente de arena (tuve que sacudir el pantalón en la ventana porque tenía hasta en los bolsillos y el dobladillo), pero será una de las experiencias que guarde con más cariño de este viaje. Y después de un paseíto por la playa, de nuevo volver a subirla entera, para bajar por el otro lado. Había incluso gente haciendo aladelta, por allí cerca, y me gustó tanto que lo apunté en mi lista mental de cosas que me gustaría hacer algún día. Podría decirse que aquella tarde taché un "sueño" cumplido de la lista y escribí otro. La segunda bajada fue mucho más rápida, al menos para los que la bajamos corriendo. Nos faltó muy poco para comernos unos árboles que estaban por allí, teniendo en cuenta que no podíamos frenar, pero por suerte no hubo incidentes que lamentar. Como he dicho antes, agradezco muchísimo haber podido visitar este lugar increíble. Ahora solo tengo las foto y los recuerdos, pero por el momento me basta, aunque es probable que dentro de un tiempo no me baste y decida volverme a pasar por allí.
El día siguiente a la visita a la duna, era nuestro tercer día... y también el último. ¡Si parecía que lleváramos una semana, de todo lo que habíamos hecho y toda la gente a la que habíamos conocido! Las despedidas fueron bastante emotivas, y el viaje de vuelta fue algo más entretenido, al menos hasta Bordeaux, donde nos despedimos de los italianos que también habían cogido nuestro tren, y cogimos el TGV para volver a Toulouse. Bueno, antes tuvimos que esperar en la estación un buen rato; tenía una avería o algo así, y no podía ir muy rápido, pero pude tachar otra cosa de la lista. En el tren tuvimos un encuentro bastante curioso. Llevábamos unos minutos oyendo hablar a un hombre, en el asiento de atrás, en francés pero con un acento que nos resultaba familiar. Y no falló, por lo visto era español, y cuando nos oyó hablar trabó conversación con nosotras enseguida. Como para salir en un capítulo de Españoles por el Mundo.
Cuando llegamos a Toulouse, yo ya pensaba solo en mi estupenda casita francesa, pero nada más salir de la estación cambié de parecer. Era de noche ya, pero no hacía frío; soplaba un poco de aire, y por un momento la calle me pareció igual a la Castellana. Me cuesta bastante expresar lo muchísimo que me gustan este tipo de noches, en la ciudad, y aunque solo lo expresara sonriendo, para mí ya mereció la pena la eterna espera en la parada, a cambio de haber podido salir de la estación de noche. En ese momento se me olvidó la pena por haberme tenido que despedir de todos, y la pereza porque había clase al día siguiente. En ese momento, solo estábamos la noche y yo. Como diría cierto gallego: I'm the night!
Y, antes de que se me olvide, aquí van algunas fotos. No son mías porque Sole se olvidó la cámara, entre otras cosas, pero creo que podré ponerlas aquí sin tener que pagar derechos de autor. Merci!
Bordeaux, bonita ciudad, con una bonita estación, llena de gente bastante agradable. El 23 de septiembre nos dirigíamos allí las tres españolas y todos los demás estudiantes del Comenius que estamos en Francia. Teníamos que coger un tren a las once de la mañana, y yo pensaba, Bordeaux no está tan lejos de Toulouse, lo malo sería estar por Lyon, París o esas zonas del norte, que serían un montón de horas. Pero, una vez que llegamos y empezamos a preguntar en qué lugar de Francia estaban los demás, nos asombramos al descubrir que éramos de las que vivían más lejos, y es que al final tardamos casi cuatro horas en llegar (había que coger dos trenes, y teníamos una hora entre uno y otro para comer, pero aún así tuvimos tiempo de sobra para aburrirnos. Menos mal que Elena y Ken Follet me amenizaron viaje).
El segundo tren, el que nos llevaba de Bordeaux a Arcachon, iba tan lleno como la línea 1 en hora punta, así que nosotras, que debemos de haber sido bendecidas con un don celestial, nos tuvimos que quedar de pie todo el viaje. Detrás había dos chicas sentadas que estaban hablando español, y nos empezamos a preguntar si no sería demasiada casualidad que tuvieran nuestra edad, hablaran español y estuvieran en el mismo tren y con la misma dirección que nosotras. Acertamos, claro, no había mucho margen de error. Las cuatro españolas desconocidas del tren se convirtieron durante la hora siguiente en nuestras cuatro primeras nuevas amigas. Y no es por nada pero ya se echaba un poco de menos la sociabilidad española, así que fue como un soplo de aire fresco en verano. Gracias, alicantinas, por ser tan geniales.
El caso es que un par de horas después, por fin llegamos a nuestro verdadero destino, que no era Bordeaux, como creíamos al principio, ni Arcachon, como pensamos cuando vimos los billetes, sino un sitio cerca de un pequeño pueblecito, que a su vez estaba cerca de Arcachon. La habitación la compartíamos las tres mostoleñas, y estábamos a menos de un minuto de... Tachán!! Aunque con la marea baja estaba a tomar vientos, ahí teníamos la playa. Sí señores, todo el mundo con sus bañadores y sus toallas y nosotras con nuestra cara de sorpresa (en nuestra defensa, solo puedo decir que no nos avisaron, y no se nos ocurrió). Bueno, ahora tendría que hacer una lista de las cosas que nos olvidamos (imaginárosla, teniendo en cuenta todo lo que me dejé al venir a Francia), pero no me voy a dejar más en ridículo. Prometo escribir algún día un libro con todos mis despistes y olvidos, seguro que me salen más de mil páginas.
Volviendo a nuestro lunes famoso, poco después de dejar las maletas, pasamos por el centro de mando (eh... la sala de reuniones, pero suena menos profesional) donde nos dividieron por grupos, de forma que hubiera varias nacionalidades en un cada grupo. En mi grupo estábamos cuatro españoles y tres italianos, pero había otros también más variados (y ole el pareado), todos majísmos, y a los que me alegro mucho de haber conocido. Nuestro monitor también era muy simpático y agradable, y ha sido una de las pocas personas que además de interesarse por los estudios, el conocimiento del idioma, etc, también se interesara por cómo estábamos anímicamente, y nos animó mucho. Todas las actividades que hicimos me encantaron, porque no solo eran entretenidas, sino además bastante instructivas. Cuando, dos días después, volvimos a Toulouse, estaba más alegre y optimista que nunca. Así que un agradecimiento especial a todos por esos tres días.
En cuanto a los detalles, no tienen mucho misterio. Amigos, bromas, pocas ganas de dormir por las noches... los españoles dando la nota, como siempre, pero era de esperar. El segundo día nos dividieron en tres grupos para hacer actividades, y aunque al principio yo quería bicicleta, al final me pusieron en el de la visita a la "dune du Pilat", y estoy enormemente agradecida por ello. Imaginaros un bosque, la playa, y en medio una gigantesca duna de arena. Y cuando digo gigantesca, estoy diciendo muy muy grande. Había escaleras, pero un grupo de siete o ocho, muy valientes nosotros, decidimos que no era para tanto, y la subimos por la arena. Y cuando estábamos a la mitad y no podíamos dar un paso nos arrepentimos, pero muy poco, porque las vistas eran excelentes en cualquier punto de la duna, y los que tenían cámara pudieron llenar la memoria. Cuando llegamos por fin arriba, aún nos quedaba mucho tiempo, así que bajamos a la playa.
Tal vez sea una paranoia mía (de momento nadie me lo ha confirmado, así que es muy posible) pero estoy segura de haber oído hablar de esta duna en clase de francés, hace años. Me acuerdo porque cuando lo oí lo primero que pensé fue que sería genial bajarla rodando, en la más pura definición de "huir haciendo la croqueta". No era exactamente un sueño, pero lo pude cumplir de todas formas. Y mereció muchísimo la pena. Por supuesto, las cuatro que lo hicimos, al levantarnos no éramos capaces de dar un paso del mareo, y nos llenamos literalmente de arena (tuve que sacudir el pantalón en la ventana porque tenía hasta en los bolsillos y el dobladillo), pero será una de las experiencias que guarde con más cariño de este viaje. Y después de un paseíto por la playa, de nuevo volver a subirla entera, para bajar por el otro lado. Había incluso gente haciendo aladelta, por allí cerca, y me gustó tanto que lo apunté en mi lista mental de cosas que me gustaría hacer algún día. Podría decirse que aquella tarde taché un "sueño" cumplido de la lista y escribí otro. La segunda bajada fue mucho más rápida, al menos para los que la bajamos corriendo. Nos faltó muy poco para comernos unos árboles que estaban por allí, teniendo en cuenta que no podíamos frenar, pero por suerte no hubo incidentes que lamentar. Como he dicho antes, agradezco muchísimo haber podido visitar este lugar increíble. Ahora solo tengo las foto y los recuerdos, pero por el momento me basta, aunque es probable que dentro de un tiempo no me baste y decida volverme a pasar por allí.
El día siguiente a la visita a la duna, era nuestro tercer día... y también el último. ¡Si parecía que lleváramos una semana, de todo lo que habíamos hecho y toda la gente a la que habíamos conocido! Las despedidas fueron bastante emotivas, y el viaje de vuelta fue algo más entretenido, al menos hasta Bordeaux, donde nos despedimos de los italianos que también habían cogido nuestro tren, y cogimos el TGV para volver a Toulouse. Bueno, antes tuvimos que esperar en la estación un buen rato; tenía una avería o algo así, y no podía ir muy rápido, pero pude tachar otra cosa de la lista. En el tren tuvimos un encuentro bastante curioso. Llevábamos unos minutos oyendo hablar a un hombre, en el asiento de atrás, en francés pero con un acento que nos resultaba familiar. Y no falló, por lo visto era español, y cuando nos oyó hablar trabó conversación con nosotras enseguida. Como para salir en un capítulo de Españoles por el Mundo.
Cuando llegamos a Toulouse, yo ya pensaba solo en mi estupenda casita francesa, pero nada más salir de la estación cambié de parecer. Era de noche ya, pero no hacía frío; soplaba un poco de aire, y por un momento la calle me pareció igual a la Castellana. Me cuesta bastante expresar lo muchísimo que me gustan este tipo de noches, en la ciudad, y aunque solo lo expresara sonriendo, para mí ya mereció la pena la eterna espera en la parada, a cambio de haber podido salir de la estación de noche. En ese momento se me olvidó la pena por haberme tenido que despedir de todos, y la pereza porque había clase al día siguiente. En ese momento, solo estábamos la noche y yo. Como diría cierto gallego: I'm the night!
Y, antes de que se me olvide, aquí van algunas fotos. No son mías porque Sole se olvidó la cámara, entre otras cosas, pero creo que podré ponerlas aquí sin tener que pagar derechos de autor. Merci!
Obviamente, con marea alta
Las escaleras para los cobardes...
... y la alternativa para los valientes
Los seis de turno
Mostoleñas y alicantinas
Un placer haberos conocido a todos. Espero que haya una próxima vez!
viernes, 4 de octubre de 2013
De vuelta por aquí... remontémonos a hace un par de semanas
Antes de nada, debería disculparme por llevar tanto tiempo sin poner nada. No tengo excusa, salvo que he estado liada con un montón de cosas que hacer y con poco humor para ponerme a escribir. Pero cada vez me voy haciendo más a la idea de mis rutinas y todo empieza a parecerme más natural. Una de las cosas que he aprendido hasta ahora es que no hay nada como vivir tú mismo una experiencia. Me habían contado cómo sería, me había preparado para lo que se me venía encima, pero a pesar de que todas mis suposiciones eran bastante razonables, ninguna se acercaba ni de lejos a la realidad. Es una mezcla de cosas, desde los grandes choques y cambios del principio, la mayoría inesperados, hasta las pequeñas rutinas del día a día, que no dejan de sorprender. Ya hacemos un mes aquí, y me siento todavía como si estuviera viviendo un sueño. Cuando recuerdo cosas del curso pasado, me parece increíble que solo hayan pasado meses, es más, me parece increíble que esas cosas le hayan pasado a la misma persona que lleva cuatro semanas en Francia. Es muy raro, pero te vas acostumbrando.
Por aquí las cosas van bien. Estas últimas semanas hemos hecho un montón de cosas que merecen su entrada, así que acabo esta para empezar otras que probablemente sean mucho más amenas de leer. Y os dejo un par de fotos de Carcassonne, un precioso pueblo que está a una hora y pico en coche de Toulouse, y que fuimos a visitar, el fin de semana pasado no, el anterior (madre mía, que complicados somos los españoles para retroceder o avanzar en el tiempo). En fin, el caso es que es un sitio muy bonito, con su muralla medieval y su iglesia/basílica/catedral (no entiendo mucho de esto y se me olvidó mirar el cartelito). Ah, y también hay palomas. Os parecerá una tontería, pero en todo este mes no había visto ni una, en Toulouse debe de haber una ley antipalomas, que desde luego es de lo más eficaz. A mí me hizo ilusión verlas, me recordó mucho a Madrid, pero a Marie no tanto, le tiene bastante manía a los pajaros.
Al lunes siguiente a esta visita, las tres españolas nos fuimos tres días a Bordeaux, con el resto de estudiantes del Comenius en Francia, pero esto ya es otra historia. À très bientôt.
PD: Por cierto, no se si os habéis fijado, pero no me he quejado de el teclado francés ni una sola vez. Es que he encontrado la forma definitiva para escribir bien y sin perder la mitad de mi vida con cada entrada, copiando y pegando tildes. No preguntéis, que es secreto profesional. Pero a cambio, ahí van unas fotos de Carcassonne!
Por aquí las cosas van bien. Estas últimas semanas hemos hecho un montón de cosas que merecen su entrada, así que acabo esta para empezar otras que probablemente sean mucho más amenas de leer. Y os dejo un par de fotos de Carcassonne, un precioso pueblo que está a una hora y pico en coche de Toulouse, y que fuimos a visitar, el fin de semana pasado no, el anterior (madre mía, que complicados somos los españoles para retroceder o avanzar en el tiempo). En fin, el caso es que es un sitio muy bonito, con su muralla medieval y su iglesia/basílica/catedral (no entiendo mucho de esto y se me olvidó mirar el cartelito). Ah, y también hay palomas. Os parecerá una tontería, pero en todo este mes no había visto ni una, en Toulouse debe de haber una ley antipalomas, que desde luego es de lo más eficaz. A mí me hizo ilusión verlas, me recordó mucho a Madrid, pero a Marie no tanto, le tiene bastante manía a los pajaros.
Al lunes siguiente a esta visita, las tres españolas nos fuimos tres días a Bordeaux, con el resto de estudiantes del Comenius en Francia, pero esto ya es otra historia. À très bientôt.
PD: Por cierto, no se si os habéis fijado, pero no me he quejado de el teclado francés ni una sola vez. Es que he encontrado la forma definitiva para escribir bien y sin perder la mitad de mi vida con cada entrada, copiando y pegando tildes. No preguntéis, que es secreto profesional. Pero a cambio, ahí van unas fotos de Carcassonne!
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)








