miércoles, 27 de noviembre de 2013

Hacia el Mediterráneo

Sábado 26 de octubre. Llegamos a Cap d'Adge.
Como decía hace no mucho, es un pueblo costero, a algo más de dos horas de Toulouse en coche. Una de las ventajas de estar en el centro, es que casi todos los sitios visitables están a más de una hora pero menos de tres. Siempre y cuando no subas, claro. París está más lejos que Barcelona, porque Francia es muy larga.
Sin distracciones. El caso es que salimos un poco tarde de Toulouse, y llegamos casi a medianoche. Adoro el ambiente de las localidades de costa, especialmente de noche, aunque hacía un poco de frío, ya a finales de mes. No había mucha gente, pero según me dijeron casi todo el mundo venía en verano. Nosotros estábamos en un apartamento de la familia del padre, justo encima del puerto. Tal vez debería añadir que el puerto es enorme en comparación con el pueblo, y prácticamente todo Cap d'Adge está al lado del puerto. Pero eso sería quitarle un poco de encanto, tal vez. Bueno, no importa demasiado, donde haya mar, hay encanto de sobra.
Al día siguiente, por la mañana, nos fuimos a dar una vuelta por el puerto. Bueno, por la parte final del puerto. Empezamos viendo barcos pequeños, casi lanchas, luego unos un poco más grandes, y al final los yates y demás. Y hay que ver la imaginación y la falta de imaginación que tienen algunos para ponerle el nombre al barco. No les culpo, yo tampoco tengo mucha imaginación, aunque en mi opinión quedaría mucho mejor ponerle Balerion a un pedazo de barco, en lugar de Nérée, pero para gustos los colores. Después del paseo volvimos al apartamento para comer, y luego fuimos (en coche, claro, como ya dije, nuestra segunda casa en vacaciones) hasta Aigues-Mortes, otro pueblo al lado del mar, con un casco antiguo muy bonito. Hace ya bastante, el mar llegaba prácticamente hasta la muralla, de ahí el nombre. Por lo visto, la ciudad la mandó construir uno de los muchos Luises que han sido reyes de Francia, Luis IX o Luis XI, no lo recuerdo bien (algunos franceses comparten mi falta de originalidad a la hora de elegir un nombre, pero es curioso que todos sean reyes. ¿Debería sentirme halagada?). Para mejorar aún más la tarde, la madre nos invitó a Marie y a mí a un crêpe, y no sé muy bien cómo, acabamos hablando de las películas de Disney. El viaje en coche era bastante largo, pero al final mereció la pena. Por la noche fuimos a un restaurante vasco en el que habían estado en verano, que estaba muy bien. Y el lunes, después de otro paseo por el puerto, una visita al barco (sí, tienen un barco! Y era la primera vez que Dianne y yo subíamos a uno; a mí me encantó, a ella no tanto), y de una buena comida, consistente en un surtido de cosas de mar (gambas, mejillones, ostras y caracoles de mar), pasamos por Adge, la ciudad más cercana, antes de volver de nuevo a Toulouse. Ah, y por el faro también, claro, aunque nos costó un poco llegar; había tantas piedras que parecía que estábamos haciendo alpinismo. Hasta Dianne, que no se si lo he dicho, es la perra, dudaba a veces, y eso que ella lo tenía más fácil con sus cuatro patas. Pero llegamos sanos y salvos, y volvimos sin problemas. Por la noche, como llegamos un poco tarde a Toulouse, cenamos en casa de los abuelos paternos, que son nuestros vecinos, algo muy práctico en estos casos, y quedamos en que intentaremos hacer un "tour en bateau" con el abuelo, que es el experto, el último fin de semana que esté aquí. Ya no falta mucho, así que a ver si Odín está de buen humor y no hace mal tiempo ese fin de semana. Aunque conociendo mi mala suerte, podría hasta nevar.
No he descrito mucho, pero he hecho fotos. Y, a veces, una imagen vale mil palabras, o eso dicen, así que allá van.
 bientôt.










jueves, 14 de noviembre de 2013

Toulouse es más bonito en vacaciones

Estoy segura. Hizo sol casi todos los días, excepto el que quedamos con Elena y su corres, Claire. Cómo no, Bossu me ha pegado su mala suerte. Nos dimos una vuelta por el centro y nos encontramos a un amigo de Marie, pero como estaba empezando a hacer frío y Elena estaba un poco mala (un poco bastante en realidad, la pobre casi no podía ni hablar) nos volvimos a casa todos. Merendamos un poco y estuvimos viendo una peli de la que no me acuerdo de nada porque no paramos de hablar. Me pasa siempre que veo una película, me entran ganas de hablar de cualquier cosa. Me acordé de mi hermano, que se desespera cada vez que me pongo a hacer comentarios cuando estamos viendo una película. Adri, te echo de menos, aunque sigo creyendo que es mejor ver las películas haciendo comentarios de vez en cuando.
Al día siguiente (viernes ya! Cómo se nos había ido una semana tan rápido!?) fuimos al supermercado a comprar algunas cosillas, porque teníamos invitados a cenar. Como se acercaba Halloween, había un montón de calabazas, pero casi todo era igual que en los supermercados españoles. No sé por qué, me entraba la risa al ver prácticamente las mismas cosas, pero con el nombre en francés (es que vamos a ver, la primera vez que vi el bote de Mr. Prope, no sabía ni lo que era). Lo bueno, o tal vez no tan bueno, de la globalización, es que viajas a otro país y si tienes que comprar en el supermercado, es tan fácil como hacerlo en el de la esquina de tu casa. Bueno, hay algunas diferencias. La sección de queso, por ejemplo. No es ningún estereotipo infundado, los franceses comen muchísimo queso, todos los días (más incluso que chocolate, que ya es decir) y había pasillos y pasillos llenos de todo tipo de quesos y otros lácteos. Y todos están buenísimos, así que ahora ya entiendo por qué casi todos los franceses hacen algún deporte después de clase. Es el precio de tener cosas ricas al alcance de la mano.
Los invitados llegaron a cenar. Eran un matrimonio y su hija, de la edad de Marie, y resultaron ser muy simpáticos y abiertos. Hablaron un montón, y preguntaron también muchas cosas, así que fue una velada muy agradable. Cuando me fui a dormir estaba cansadísima, y a la mañana siguiente no me desperté del todo hasta que me dijeron que esa misma tarde nos íbamos a Cap d'Adge, un pequeño pueblo costero, en el mar Mediterráneo. Así que vuelta a hacer la mochila, esta vez solo para dos días, y se acabaron nuestros días de relax. Y lo que siguió vendrá en la próxima entrada. À bientôt.

Castres, del cumpleaños a los champiñones

Mis títulos son cada vez más ridículos, de verdad.
Primera parada: Castres, el pueblo de los abuelos maternos de Marie, ese de cuyo nombre no podía acordarme los primeros días. Desde que apunto todo en las notas del móvil mi vida es un poco más fácil. También es donde viven sus tíos y su primo pequeño, y donde se celebró la soirée de mi primera semana en Francia. Madre mía, qué rápido pasa el tiempo. Y, aún así, parece que fue hace mil años cuando una española aparecía en una cena francesa de alto standing, con su francés oxidado después del verano y un poco abrumada por la rapidez con que había pasado todo. Y ya parezco César, hablando en tercera persona, algo se me pega de las clases de latín, por lo visto.
Cada vez pierdo el hilo con más rapidez. Centrémonos. El mismo sábado del que hablaba en la entrada anterior era el cumpleaños del primito, que cumplió cuatro años y es monísimo. Así que después de comprarle el regalo cogimos el coche y en poco más de una hora estábamos en Castres. Dejamos las mochilas y nos fuimos a casa de los tíos a cenar. La cena estaba muy buena, no faltó la champagne, ni el foie gras. La verdad es que no recuerdo ninguna comida mala desde que estoy aquí. Puede que eso explique la cantidad de peso que estoy cogiendo, que luego a ver cómo demonios lo pierdo. Pero no me desvío del tema. Cantamos cumpleaños feliz en francés y en español (con mi solo en el "te deséamos, Quentin") y otra canción que no había oído nunca pero que también decía Joyeaux Anniversaire, así que tenía su lógica. Los Playmobil fueron el alma de la fiesta cuando llegó el momento de los regalos, y las tartas estaban muy buenas, y además no tenían chocolate (en los dos meses que llevo aquí creo que he visto más chocolate que todo el que haya podido haber comido en toda mi vida. Es un poco lioso, pero para entendernos, aquí se come mucho chocolate).
Al día siguiente fuimos a visitar a unos amigos, farmacéuticos también (¿he dicho ya que los dos padres de Marie son farmacéuticos?), que vivían a algo más de una hora de Castres. Tenían dos hijas, una de nuestra edad, y la otra un poco más pequeña, y las dos muy simpáticas. Habían hecho un intercambio o algo así con unos peruanos o argentinos o ... No sé, de eso no me acuerdo, no lo apunté en las milagrosas notas. Y nos estuvieron enseñando fotos y contando anécdotas. Después fuimos a un cine que estaba en un camión, y aunque estuvo bien, olía un poco raro, y después de un rato de película estaba tan mareada que no creía que pudiera hacer el viaje de vuelta en coche. Una hora después, estaba montada en el coche, y como pusimos música se me pasó un poco.
Esa misma noche, los padres se volvieron a Toulouse, dejándonos a los tres con los abuelos, que son majísimos, así que nos lo pasamos bien. En general fueron unos días relajados, igual nos pasamos un poco con la tele, pero para compensarlo salimos una tarde a comprar y a hacer el paseo que suele hacer la abuela todos los días, con una amiga, por un camino muy bonito, al lado de un campo de golf. Y oh my god, porque a los quince minutos ya estábamos cansadas, mientras que la abuela estaba tan fresca. La juventud de hoy en día, señores. Pero fue agradable, después de todo. Otra tarde estuvimos haciendo crêpes, y descubrí que son realmente difíciles de hacer, mucho más que las tortitas, en contra de lo que pensaba, y era completamente incapaz de sujetar el bol y la sarten al mismo tiempo. Menos mal que Marie tiene dos manos y me pudo echar una antes de que la liara. Y por la noche nos quedábamos Jean (el hermano) y nosotras dos viendo la película que pusieran. Vimos Shrek 4 (y fue divertido porque ellos no habían visto ninguna de las anteriores, y la verdad es que la cuarta es muy rara) y Eragon, y hay que ver lo poco que se les entendía, el que doblaba a Eragon en particular parecía que se había olvidado de sacarse el chicle de la boca.
El miércoles vino la madre a comer, y después fuimos las cuatro a comprar manzanas naturales y a coger champiñones. Al principio me daba un poco de miedo que cogiéramos alguno no apto para el consumo humano, por decirlo de alguna forma, pero en la carrera de farmacia hay una parte de estudio de los champiñones, y además no era la primera vez que lo hacían, así que no había peligro de acabar en la sala de desintoxicación del hospital más cercano. Después había que limpiarlos un poco, claro, y eso se hace con un cuchillo y mucho valor, porque puede aparecer cualquier tipo de bicho. Vale, igual soy un poco exagerada con los bichos en general, de hecho, imaginaros mi reacción al ver el primer gusano, porque las tres me dijeron corriendo que no tenía que hacerlo si no estaba cómoda. Prometo que lo intenté, pero es que era ver un gusano y pegar un grito, así que tampoco hice mucho. Bueno, hice fotos, de eso sí me acordé, y no me exponía a que se me subiera un repugnante ser lleno de patas y alas por el brazo. O sin patas ni alas, pero igualmente repulsivo.
Esa tarde-noche (era por la tarde, pero aquí anochece muy pronto) volvimos a Toulouse. Me costó un poco despedirme de la abuela, le había cogido cariño, aunque se pasara todas las comidas diciéndome que comiera más. Abuelas, en España o en Francia, hay cosas que nunca cambian.
Los siguientes días los pasamos en Toulouse, pero ya me he extendido bastante con esta entrada, así que tocará en la siguiente. Para acabar, que no se me olvide poner las fotos, ya que por una vez mi cabeza funcionó como es debido y se acordó a tiempo. À bientôt.
Del paseo

No lo había mencionado, pero los abuelos tienen un gato que es adorable, como todos.
Quiero un gato, y es una indirecta muy directa.

Esto era solo el principio...

En realidad esta la saqué la primera vez que vine, en mi primer fin de semana,
cuando fuimos a dar una vuelta por el pueblo.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Vacaciones... en octubre?

Así es. Señoras y señores, en Francia por cada siete semanas de clase tienen dos de vacaciones. Espero que no tenga que volver a oír a un francés diciendo que tienen pocas vacaciones. Aunque como cuando salimos del instituto ya es casi de noche, se compensa un poco.
Pero no voy a hablar más del instituto. Estamos a viernes, hace tres semanas. Último día de clase. Las clases parecían durar horas y horas y el minutero del reloj iba a paso de tortuga. Pero al final, dieron las cinco y media, y empezaron oficialmente nuestras vacaciones francesas.
Marie y yo pasamos la tarde merendando unos pastelitos que habían comprado los padres para celebrar nuestra libertad y viendo una serie de fantasmas. Vale, reconozco que no daba demasiado miedo, pero a mí esas series me ponen muy nerviosas. Así que cuando mi hermanita francesa se fue a natación decidí que era el momento perfecto para dar por terminada mi sesión de tele. Una cena tranquila, con una estupenda pizza del viernes, y poco más que contar de nuestra primera tarde.
Reto de mi familia para las vacaciones: visitar todos los sitios a los que suelen ir a lo largo del año en quince días. Por lo que ellos mismos dicen, lo que suelen hacer las familias francesas cuando hay vacaciones de quince días es irse la primera semana a un sitio, y la segunda a otro. Pues bien, mi familia se las ingenió para que en dos semanas pudiéramos estar en cuatro o cinco sitios, en periodos de dos o tres días, y cuando se acabaron las vacaciones, tenía la impresión de que habían sido cuatro o cinco semanas por lo menos, y el coche se había convertido en nuestra segunda casa. Pero no me quiero adelantar.
Como mi familia es muy organizada, voy a serlo yo también y voy a contar todas las cosas que hicimos, por partes y en orden. Así que acabo esta entrada con una foto que nos hicimos el primer sábado de vacaciones, cuando quedamos con unas amigas de Marie para dar una vuelta por el centro de Toulouse. À bientôt.



miércoles, 30 de octubre de 2013

He encontrado mi epitafio

"No longer mourn for me when I am dead
Than you shall hear the surly sullen bell
Give warning to the world that I am fled
From this vile world, with vilest worms to dwell.
Nay, if you read this line, remember not
The hand that writ it; for I love you so
That I in your sweet thoughts would be forgot
If thinking on me then should make you woe.
O, if, I say, you look upon this verse
When I perhaps compounded am with clay
Do not so much as my poor name rehearse
But let your love even with my life decay.
Lest the wise world should look into your moan
And mock you with me after I gone."

Y es que, aunque me quejo mucho porque se inventaba palabras y está en todas mis clases de literatura inglesa, en el fondo Shakespeare era genial. Y el soneto XVIII, aunque es un poco más empalagoso, también es precioso:

"Shall I compare thee to a summer's day..."

Los yogures de Elena haciendo historia en el Saint Joseph

Acabo de caer en la cuenta de que, en todo este tiempo, nunca se me había ocurrido hablar del comedor y la comida en el instituto, o si lo he hecho, solo de pasada.
Las clases de la mañana acaban a las doce o a las doce y media, y empiezan a la una o a la una y media, dependiendo de tu suerte. En ese sentido, tengo el mejor horario de todo el instituto, porque excepto el lunes, que empiezo a la una y media, el resto de los días tengo libre la hora de después de comer, así que puedo tardar el todo el tiempo que quiera. Como Francesca come en su casa casi siempre, las que acabamos cerrando el comedor casi siempre somos Elena y yo. De entre todos los horarios que nos resultan raros de los franceses (acabar el instituto a las seis, cenar a las ocho, etc) el de la comida es uno de los que peor llevamos. Bueno, ya lo llevamos mucho mejor porque por lo menos hemos empezado a tener hambre a la hora de la comida, un gran paso teniendo en cuenta que veníamos de comer todos los días a las tres, y el primer día no había quien pegara bocado a mediodía. El comedor es bastante grande, pero se queda enano en relación al número de alumnos del Saint Joseph, así que muchos días acabamos comiendo en el comedor de los niños del colegio, que empiezan antes. A la entrada siempre hay una cola espantosa, digna del Abismo del Parque de Atracciones (los franceses son más educados hasta que se ponen en una cola, entonces se desesperan y empujan y se cuelan igual que todo el mundo), y dentro hay otra igual para llegar donde están las bandejas. Para coger la bandeja tienes que pasar una "carte" con un código de barras, la misma que hay que pasar en el CDI, el foyer y el aula de estudio. Si tienes suerte la bandeja sale, y si no, te toca llamar al encargado, que siempre anda por ahí con una PDA milagrosa que lo soluciona todo. En mi caso tuve suerte, mi tarjeta funcionó a la parfección desde el primer día, pero hubo algunos problemas con las de algunas alumnas alemanas y españolas. Suerte que nuestras amigas francesas nos echan una mano siempre que hay complicaciones. Y si se te ha olvidado la carte, cosa que me pasó el primer día, cómo no, te toca esperar hasta la una y llamar al encargado de la PDA. Cuando ya tienes tu bandeja, pasas por la barra y vas cogiendo los platos, y por un momento todo parece una película americana, hasta que te das cuenta de que te has vuelto a olvidar las servilletas, que están al principio, y tienes que volver a empujones, lo que rompe un poco el efecto.
Una vez que consigues sentarte con tu bandeja el resto es fácil. La comida está buena, aunque los franceses comen a una velocidad que no creo que les de tiempo a disfrutarla, y lo mejor es que si no está demasiado buena, hay un bote enorme de mayonesa a tu disposición. Y la verdad es que todo está bueno con mayonesa. Durante la comida no suelen hablar mucho, y si lo hacen, no les impide seguir comiendo sin parar. Al principio puede parecer raro, pero teniendo en cuenta que a veces solo hay una hora y media para comer, y pasas una hora y cuarto en la cola, les acaban entendiendo. Y al lado de los franceses, que comen en diez minutos, está Elena, que come en unos cuarenta, más o menos, razón por la que siempre acabamos saliendo las últimas del comedor. E igual no tardaríamos tanto si no le gustara tanto hablar y los yogures, porque te dejan coger dos si quieres, y con la charla entre cucharada y cucharada, la comida se alarga otra media hora más. Normalmente los encargados son muy agobiantes, porque te empiezan a meter prisa a la una y veinte, incluso cuando les dices que no tienes clase después, pero después de unas semanas empiezan a conocerte y te dejan tranquila. Un día conseguimos un récord que hizo historia en el St. Joseph, saliendo del comedor casi a las dos menos diez. El que limpiaba las mesas fue muy simpático, y limpió todas las del comedor antes de echarnos, para darnos más tiempo.
Así que si algún día pasáis por Toulouse y se os ocurre visitar nuestro instituto, probablemente el sitio donde más se acuerden de nosotras (además de en el CDI, por la cantidad de veces que tienen que recordarnos que pasemos la carte) sea el comedor, como la española de la mayonesa y la del yogurt, o simplemente las españolas que siempre salían las últimas. También podéis buscar a uno de los cocineros, que es de Bilbao, con el que siempre hablamos cuando nos lo encontramos. Igual hasta nos echan de menos, ahora en vacaciones.
La próxima entrada será más seria, I promise. À bientôt.

Mesniversario pasado por agua

Hace algunas semanas cumplimos nuestro primer mes aquí. Fue un buen viernes, a pesar de la tromba de agua que nos cayó. Pero no quiero adelantarme, voy a seguir el curso natural de los acondecimientos.
Amaneció como casi cualquier otro día, un poco frío, pero nada fuera de lo normal. Por supuesto, no se me ocurrió mirar el tiempo que iba a hacer ni mucho menos, eso es de cobardes. Así que me fui tan tranquila al instituto, como cualquier otro día. Pues bien, hacia las diez de la mañana empezó a llover, y ya no paró. Como tenía clases hasta el mediodía, solo lo notaba entre clase y clase, cuando había que atravesar el patio corriendo y esquivando charcos, pero cuando salimos de literatura inglesa a la hora de la comida, con nuestro soneto de Shakespeare en la cabeza (alguien debería plantearse la posibilidad de estudiar a otro autor inglés, o al menos cambiarle el nombre a la asignatura por "Life and works of Shakespeare" o algo así), la cosa se había puesto peor. Había por lo menos cuatro dedos de agua en todo el patio, en algunos sitios más, y el agua caía literalmente a chorro. Una amiga y yo tuvimos la increíble suerte de habernos traído una chaqueta con capucha, así que no estábamos tan empapadas como deberíamos, pero luego se me ocurrió la brillante idea de atravesar el patio de punta a punta, sin la capucha. Probablemente Gibbs me hubiera dado una colleja, y creo que a mi amiga también le entraron ganas, porque en los veinte segundos que tardamos en llegar a la otra punta acabamos chorreando como si nos acabáramos de tirar a una piscina. Para colmo, cuando entramos al baño para secarnos el pelo en el secador, había una especie mutante de mosquito, tan grande como la palma de mi mano. Después de la comida le pregunté a uno de mi clase si era normal que cayera el diluvio universal, en Toulouse, y el muy gracioso me dijo que sí. Deberían prohibir hacer bromas de ese tipo, porque me quedé un rato bastante asustada. Una lluvia fina de vez en cuando es muy poético y queda muy bien, pero volver a casa con el aspecto de haber atravesado el atlántico a nado no tanto, aunque luego Odín se calmó, y no ha vuelto a llover tanto desde entonces.
Como era mi mesniversario en Francia, en casa estábamos de "celebración", así que cenamos pizza y unas patatas que eran lo más parecido al fuego valyrio que he probado nunca. Después de dos o tres, dejabas de distinguir lo dulce de lo salado, lo cual era un poco preocupante, pero la pizza estaba muy buena. No cantamos Joyeaux mesniversaire porque es una canción aún por inventar, pero lo pasamos bien. Además, me dieron una buena noticia que me animó bastante: a finales de octubre había unas estupendas vacaciones de dos semanas. Pero esto ya es otro capítulo.