Primera parada: Castres, el pueblo de los abuelos maternos de Marie, ese de cuyo nombre no podía acordarme los primeros días. Desde que apunto todo en las notas del móvil mi vida es un poco más fácil. También es donde viven sus tíos y su primo pequeño, y donde se celebró la soirée de mi primera semana en Francia. Madre mía, qué rápido pasa el tiempo. Y, aún así, parece que fue hace mil años cuando una española aparecía en una cena francesa de alto standing, con su francés oxidado después del verano y un poco abrumada por la rapidez con que había pasado todo. Y ya parezco César, hablando en tercera persona, algo se me pega de las clases de latín, por lo visto.
Cada vez pierdo el hilo con más rapidez. Centrémonos. El mismo sábado del que hablaba en la entrada anterior era el cumpleaños del primito, que cumplió cuatro años y es monísimo. Así que después de comprarle el regalo cogimos el coche y en poco más de una hora estábamos en Castres. Dejamos las mochilas y nos fuimos a casa de los tíos a cenar. La cena estaba muy buena, no faltó la champagne, ni el foie gras. La verdad es que no recuerdo ninguna comida mala desde que estoy aquí. Puede que eso explique la cantidad de peso que estoy cogiendo, que luego a ver cómo demonios lo pierdo. Pero no me desvío del tema. Cantamos cumpleaños feliz en francés y en español (con mi solo en el "te deséamos, Quentin") y otra canción que no había oído nunca pero que también decía Joyeaux Anniversaire, así que tenía su lógica. Los Playmobil fueron el alma de la fiesta cuando llegó el momento de los regalos, y las tartas estaban muy buenas, y además no tenían chocolate (en los dos meses que llevo aquí creo que he visto más chocolate que todo el que haya podido haber comido en toda mi vida. Es un poco lioso, pero para entendernos, aquí se come mucho chocolate).
Al día siguiente fuimos a visitar a unos amigos, farmacéuticos también (¿he dicho ya que los dos padres de Marie son farmacéuticos?), que vivían a algo más de una hora de Castres. Tenían dos hijas, una de nuestra edad, y la otra un poco más pequeña, y las dos muy simpáticas. Habían hecho un intercambio o algo así con unos peruanos o argentinos o ... No sé, de eso no me acuerdo, no lo apunté en las milagrosas notas. Y nos estuvieron enseñando fotos y contando anécdotas. Después fuimos a un cine que estaba en un camión, y aunque estuvo bien, olía un poco raro, y después de un rato de película estaba tan mareada que no creía que pudiera hacer el viaje de vuelta en coche. Una hora después, estaba montada en el coche, y como pusimos música se me pasó un poco.
Esa misma noche, los padres se volvieron a Toulouse, dejándonos a los tres con los abuelos, que son majísimos, así que nos lo pasamos bien. En general fueron unos días relajados, igual nos pasamos un poco con la tele, pero para compensarlo salimos una tarde a comprar y a hacer el paseo que suele hacer la abuela todos los días, con una amiga, por un camino muy bonito, al lado de un campo de golf. Y oh my god, porque a los quince minutos ya estábamos cansadas, mientras que la abuela estaba tan fresca. La juventud de hoy en día, señores. Pero fue agradable, después de todo. Otra tarde estuvimos haciendo crêpes, y descubrí que son realmente difíciles de hacer, mucho más que las tortitas, en contra de lo que pensaba, y era completamente incapaz de sujetar el bol y la sarten al mismo tiempo. Menos mal que Marie tiene dos manos y me pudo echar una antes de que la liara. Y por la noche nos quedábamos Jean (el hermano) y nosotras dos viendo la película que pusieran. Vimos Shrek 4 (y fue divertido porque ellos no habían visto ninguna de las anteriores, y la verdad es que la cuarta es muy rara) y Eragon, y hay que ver lo poco que se les entendía, el que doblaba a Eragon en particular parecía que se había olvidado de sacarse el chicle de la boca.
El miércoles vino la madre a comer, y después fuimos las cuatro a comprar manzanas naturales y a coger champiñones. Al principio me daba un poco de miedo que cogiéramos alguno no apto para el consumo humano, por decirlo de alguna forma, pero en la carrera de farmacia hay una parte de estudio de los champiñones, y además no era la primera vez que lo hacían, así que no había peligro de acabar en la sala de desintoxicación del hospital más cercano. Después había que limpiarlos un poco, claro, y eso se hace con un cuchillo y mucho valor, porque puede aparecer cualquier tipo de bicho. Vale, igual soy un poco exagerada con los bichos en general, de hecho, imaginaros mi reacción al ver el primer gusano, porque las tres me dijeron corriendo que no tenía que hacerlo si no estaba cómoda. Prometo que lo intenté, pero es que era ver un gusano y pegar un grito, así que tampoco hice mucho. Bueno, hice fotos, de eso sí me acordé, y no me exponía a que se me subiera un repugnante ser lleno de patas y alas por el brazo. O sin patas ni alas, pero igualmente repulsivo.
Esa tarde-noche (era por la tarde, pero aquí anochece muy pronto) volvimos a Toulouse. Me costó un poco despedirme de la abuela, le había cogido cariño, aunque se pasara todas las comidas diciéndome que comiera más. Abuelas, en España o en Francia, hay cosas que nunca cambian.
Los siguientes días los pasamos en Toulouse, pero ya me he extendido bastante con esta entrada, así que tocará en la siguiente. Para acabar, que no se me olvide poner las fotos, ya que por una vez mi cabeza funcionó como es debido y se acordó a tiempo. À bientôt.
Del paseo
No lo había mencionado, pero los abuelos tienen un gato que es adorable, como todos.
Quiero un gato, y es una indirecta muy directa.
Esto era solo el principio...
En realidad esta la saqué la primera vez que vine, en mi primer fin de semana,
cuando fuimos a dar una vuelta por el pueblo.




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